jueves, 29 de enero de 2009

CAUTIVO DE UNA MOSCA. A la memoria de Otero Besteiro con respeto.

Entre el cristal y el visillo, una mosca se extenuaba. En un principio pensó en abatirla, bien, aplastándola  contra el cristal, con lo que añadiría una nueva mancha al visillo, bien, usando un arma química ,o tal vez, un natural estilete, como hacía en su adolescencia. Para este menester se valía de las espinas mas largas de los cactus, con ellas, su infinita paciencia, y una precisión cirujana, conseguía ensartar al díptero. La segunda opción, era la que menos gustaba a Tonete, que así se llamaba el dueño de la casa; pues, antes de que se pusiera de moda la palabra ecología, ya sentía un profundo respeto por la naturaleza. Ahora, le producían aversión, los seudo ecologistas oportunistas, que se empecinaban en salvar a un grillo y volvían la cabeza mientras toda una sierra era borrada del mapa.
El motivo por el que Tonete quisiera dedicar tan accidentado final a la infeliz, era que suponía, y no sin alguna razón, que con su alocado revoloteo, la estancia estaría sembrando, de una microbiana e indeseable fauna.
No se sabe a ciencia cierta si fue, la inocente apariencia de su trompa lamedora, o sus enormes ojos, lo que lo cautivaron. El caso es que comenzó entre ellos una tórrida relación ,que como la vida de la mosca, no duró mucho, pero si fue intensa.
Durante los días que vivieron juntos, Tonete, siempre procuró que la casa tuviera una temperatura adecuada, ya que, en cuanto el mercurio descendía, su amiga lo acusaba. Nunca faltó su plato con agua azucarada ,ni innumerables golosinas que ella lamía con avidez. Esta, por su parte, lo recompensaba en cuanto llegaba a casa revoloteando junto a él, gustaba de posarse en la comisura de sus los labios, jugando con su trompa, pero evitaba hacerlo sobre las pequeñas heriditas o rasguños que Tonete pudiera tener, pues esto ultimo, a su amado, no le hacia demasiada gracia. Tonete, se sabía envidiado por el vecindario, y se regocijaba viendo como estos, se mordían las uñas al observar que mosca tan graciosa, le dedicara toda clase de arrumacos, pues, Tonete, ya no tenia la frescura de la juventud, pero sabía distinguir.
Pero como no todo es eterno, el final de esta relación también llegó. Hacía tiempo que a Tonete le rondaba la idea de que lo peor en su vida, todavía no había llegado. Y llego por donde menos lo esperaba.
Era una mañana espléndida, que en nada hacia presagiar tan agrio desenlace. No era un día gris, ni ventoso, ni nada que barruntara algo malo.
De pronto la vio, allí estaba ella, no posada sobre la barandilla tomando el sol que tanto le gustaba, ni en el alfeizar de la ventana entretenida viendo pasar a la gente. No. La sorprendió posada sobre una enorme mierda, todavía humeante, prueba inequívoca de su frescura. Lo miro, como quien nunca ha roto un plato. No dijo nada, ni siquiera se le acerco como otras veces. No se sabe si debido a que la impresión del momento la paralizo, o que pensó que podría salpicarlo con algún trocito de tan moldeable superficie, con lo que aumentaría su enfado.
A Tonete, por un momento, de nuevo la complejidad de sus ojos lo encandiló, e intentó recuperarla. Pero estaba claro que seria un esfuerzo estéril, la mierda era tremenda, además, tendría que competir con una nube de moscardones, de azuladas tonalidades y metálicos verdes, verdaderamente llamativos. Así pues, dio media vuelta y se marchó, mosqueado, meditando si sería esta la tragedia que esperaba, o si el soberano artífice, con su dudosa misericordia, no habría cubierto todavía el cupo de fechorías para él reservadas.