En una aldea gallega, cerca de la ría de Vigo, vivía Brunilda, una bonita adolescente, hija adoptiva de Tomás un honrado pescador de almejas.Tomás, era propietario de una casita, situada en la falda de una loma, rodeada de una pequeña huerta, donde cultivaba algunas hortalizas para consumo propio. También tenía algún ave de corral que aportaba huevos y carne para el puchero. Pero, lo que proporcionaba el sustento fundamental para la economía de la casa, eran los mariscos que Tomás recolectaba. Aparte de llenar la hucha con relativa facilidad, esta ocupación le gustaba. Se divertía. Sentía un orgullo infantil cuando sus vecinos, apenas encontraban una almeja y el salía con su cesta repleta.
Pero la mar, come mucho. Al margen, de la postura tremendamente insalubre que debía mantener durante horas. Varios avisos anunciaron su decadencia. Repentinas ciáticas, prolongados reúmas. Así, que tuvo que ir despidiéndose del trabajo que tanto amaba.
Nunca es oportuna la perdida de salud, pero en este caso, coincidió cuando mas falta hacia. Pues, los gastos para con Brunilda iban a empezar a ser más fuertes.
Tomás y Brunilda, vivían solos. Hacía tiempo que la esposa de Tomas descansaba en paz, gracias a Dios y a unas fiebres tifoideas que también pusieron de su parte. La difunta, había repetido varias veces que no quería equivocarse con Brunilda. Tomás, no decía nada. No habrían hecho falta estos comentarios, ya que Tomás, tenía una forma un poco particular y bastante quijotesca de entender la vida. Pensaba, que a menos que fueras un artista: pintor, escultor, escritor etc. Lo único por lo que merecía la pena luchar era por la familia, pues era lo único que ibas a dejar.
Prácticamente, todas las compras de la casa, se hacían en una especie de “todo a maravedí”. Era un viejo almacén, donde podías encontrar de todo lo que te hiciera falta. Desde legumbres, aperos de labranza, piensos.... Hasta incluso hacia de casa de empeños. Esto fue la perdición de Tomás, que poco a poco, fue endeudándose con el dueño del ultramarino, un enano de apariencia más repulsiva de lo que en realidad era.
A menos que fuera una compra de cierta complejidad, era Brunilda la que se encargaba de hacerla. Cuando era más pequeña, le gustaba rebuscar por la tienda, mirando los innumerables trastos que olvidados dormían.
En esta ocasión, se encontraba Brunilda encaramada en lo alto de una escalera, buscando unas botas que fueran de su medida, y como sintió que el enano andaba por allí, lo llamo para que le dijera donde podrían estar.
Igual que cuando a medio día, te ves obligado por cualquier motivo a mirar al cielo y el sol te ciega, así se quedo el enano. No solo no podía ver, sino tampoco oír. Solo veía las braguitas rojas de Brunilda. Tampoco hacia caso a lo que esta le decía. La muchacha, no tuvo mas remedio que bajar y un poco confundida, decírselo al enano. Este, ya vuelto a la realidad, le indico donde se encontraban las botas y salio al mostrador, no porque no quisiera encandilarse de nuevo, sino porque también estaba bastante abrumado.
El enano, no era antonio angles, pero tampoco era la madre Teresa y al día siguiente, comenzó a cambiar de sitio, muchos de los artículos. Precisamente, los que solía llevarse Brunilda, los puso en la parte mas alta de las estanterías. Tanto es así, que la pobre Brunilda, cada vez que iba a la tienda, se tenía que aviar como si de una escalada se tratase. Esto, provoco numerosas quejas entre sus parroquianos, pues muchos, eran de avanzada edad. Y todo por la manía que le había dado al jodio enano de encandilarse. No parecían importarle demasiado estos cambios a Brunilda, ni que el enano tuviera tantos gestos de amabilidad, pues no consentía que subiera la escalera sin estar el debajo. Quizás fuera por su candidez o tal vez, porque algo se le habría pegado de las gallináceas con las que a diario bregaba.
El caso es que fue inevitable que comenzaran los murmullos entre el vecindario, pues, cada vez que Brunilda llegaba, las colas en la tienda se hacían interminables, pues el enano, abandonaba el mostrador, y hasta que Brunilda no se iba, no salía él.
Estas habladurías siguieron en aumento, pues de todos era conocida la precaria situación económica en que se encontraba Tomás.
El enano acabo por enterarse y decidió hablar con Tomás para intentar solventar la situación.
Un día que Tomás paso por la tienda, el enano le pidió la mano de Brunilda. Tomás, impotente, mordiéndose los labios le dijo: eso debías preguntárselo a ella. El enano, con hijoputesca sonrisa le contesto: es que ella, no me debe nada. Tomás, abandono la tienda y al poco, durante la comida, comento a su hija la proposición del enano. En ese momento Brunilda no dijo nada, era muy joven y como tal, no solía hacer planes, vivía al día.
Mientras tanto, al enano, no se le iba un momento Brunilda de la cabeza y maquinaba como hacerse el encontradizo lo antes posible, pues sabia que el tiempo, corría en su contra. El enano, sabía que Tomás le había contado a Brunilda, la conversación que tuvieron, pues, esta, no apareció desde entonces.
El enano, era bastante astuto entre otras cosas, y pensó, que el clero, podría echarle una mano. Así, que hablo con el párroco del lugar y un poco a su apaño, le explico sus propósitos. Para engolosinarlo, le anuncio, que como era ya bastante mayor, le gustaría donar parte de su herencia al convento, pues, quien mejor que ellos para tenerla. El resto de esta, quería ponerla a nombre de Brunilda para cuando el faltara. Creo,-decía el enano-, que con esto, doy pruebas más que suficientes de mi buena voluntad. El párroco, con tan contundente aliciente, vio estos propósitos de lo más loable, así, que en cuanto coincidió con Brunilda, le hablo, de la tremenda oportunidad que se le presentaba.
Brunilda, se dejo querer, y como estaba claro que era una acción muy buena la que iba a hacer, “salvo para su padre”, pues acepto con cándido gesto que no pareció creerse muy del todo el párroco.
Así, la boda, no tardo en llegar, pues de nuevo, salvo el padre, todos tenían prisa y Brunilda, se convirtió en la señora del enano. Pronto, el enano, tuvo que empezar a trabajar como tal, pues lo que fue amasando durante mucho tiempo, a Brunilda no le costaba nada gastarlo. Esta, comenzó a salir más veces sola, pues su marido, debía quedarse en casa poniendo al día sus cuentas, si no quería verse como su suegro.
De Tomás, no se supo más. Pero, lo cierto, es que desapareció voluntariamente. Creyó que ya no tenia nada que hacer. Además, un madrugador cáncer de próstata, le animo a que adelantara el sueño eterno.
Como buen conocedor de la zona, sabía de la existencia de un solitario y abandonado pozo. Suponía, que con un poco de suerte, tardarían en encontrarlo, como así fue. Bueno, tampoco es que lo buscaran demasiado.
Como el pozo, no se encontraba en un lugar de fácil acceso, decidió hacer el viaje lo antes posible, pues, temía, que si lo dejaba para más tarde, quizás, no pudiera cumplir sus planes.
Un día, de madrugada, se puso la ropa y el calzado más cómodo que tenía y con un arma que siempre mantuvo operativa se dirigió al lugar que había elegido. Una vez allí, reconoció el terreno para evitar dejar señales del suceso, se sentó en el brocal del pozo, de espaldas a este y ligeramente inclinado hacia el interior, ató el arma a su muñeca para que lo acompañara también en el viaje, puso el cañón en la boca y apretó el gatillo. El cuerpo de Tomás, cayó como un muñeco de trapo. Se fueron oyendo golpes, cada vez más apagados hasta que se oyó el definitivo. Al mismo tiempo, salieron de la boca del pozo algunos pájaros, que seguro que estarían pensando en la alegre diana floreada que les había regalado Tomás.
Brunilda, mientras, empezó a conocer gente de todo tipo e intimo con un alguacilillo. Los dos se gustaban y como el dinero suele corromper y más si el que lo posee o le gustaría poseerlo esta predispuesto a ello, pues, los dos elementos, empezaron a maquinar que podrían hacer para tenerlo y compartirlo lo menos posible.
Como en todos los pueblos hay un tonto, como mínimo, en este también lo había. Gustaba a Brunilda de provocarlo, pues el subnormal, cuando la veía, babeaba. Esta, siempre le decía cualquier picardía, incluso, si no había nadie, se levantaba un poco la falda.
No tardaron en encontrar un macabro plan para acabar con el enano. Para ello, contaron con la colaboración no voluntaria del idiota.
Así, una tarde, Brunilda, invito al subnormal a tomar chocolate a casa. Una vez allí, lo embauco en su criminal propuesta. Le dijo, que estaba harta del enano, que si la maltrataba, que si no la dejaba salir, que ya no aguantaba más y que si el, que era fuerte, acababa con el enano, ella, sabría agradecérselo. Más tarde, contó al alguacil, que ya había convencido al subnormal y que debían elegir el día. El alguacil, estaba sorprendido de la maldad de Brunilda, pero el dinero y los encantos de esta, podían más que su previsión.
Una noche, mientras el enano descansaba junto a la lumbre, llamaron a la puerta. Abrió Brunilda. Dijo a su marido, que era un mendigo que pedía limosna. Era el subnormal. El enano, continuaba dormitando. Su esposa lo miraba desde lejos. El subnormal, se acerco por detrás y con la barra de asegurar la puerta, le atizo un tremendo golpe en la cabeza. El enano, quedo hundido en el sillón donde se encontraba. Acto seguido, el subnormal, se abalanzó sobre Brunilda que se dejo hacer. Pero, como subnormal que se precie, no cumplió bien el encargo. También, hay que decir, que aparte de cabezón, el enano, tenia la cabeza, de una dureza fuera de lo común, aunque posiblemente, el respaldo del sillón, amortiguara un poco el golpe. El enano, medio inconsciente y sin saber que había pasado, se incorporo. Lo primero que vio, fue el cuadro del subnormal sobre su amada. Al ver la cara de repulsión de Brunilda, creyó que la estaría violando. Pero, lo que le provocaba repulsión a Brunilda, no era tener la enorme tranca del subnormal metida, sino el tener la cara del subnormal, tan cerca de la de ella. Pues, si ya de por si, era feo, más aun se ponía al jadear. El enano, asió un hierro que había junto al hogar. Pero el no falló. Igual que cruje una sandía madura, así crujió la cabeza del subnormal. La habitación y la cara de Brunilda, de pronto se llenaron de sangre y masa encefálica del idiota.
Brunilda, perdió por primera vez su sangre fría y comenzó a gritar. Esta era la señal que esperaba el alguacil para entrar. Pero, los gritos de Brunilda, aunque eran a la hora prevista, no significaban lo mismo, pues estos, no eran fingidos. Brunilda, se quedo con la cabeza destrozada del subnormal encima y con su miembro todavía erecto en su interior. Este cuadro, no era nada comparado con el de ver a su marido todavía con vida. Brunilda, al ver entrar al alguacil, le espeto furiosa a que esperaba, pues este, se quedo también estupefacto al ver con vida a quien debía estar muerto y muerto a quien debía de estar vivo y él matar. Esta incertidumbre, fue aprovechada por el enano para escapar de ese nido de víboras en que se había convertido su casa. Antes de salir, miro a su mujer, pero no había odio en su mirada, solo tristeza. El enano, sabia que la naturaleza no había sido generosa con el, pero tenia la esperanza, de que con el tiempo, Brunilda llegara a quererlo. El enano, se refugio en casa del párroco a quien contó lo sucedido. Este, le dijo, que había hecho muy bien en ir a verlo, que se quedara allí descansando, mientras el iba a la botica, pues tenia una herida bastante grande en la cabeza. Pero el párroco, no fue a la botica, sino que fue al almacén del enano y en el camino se encontró con Brunilda y el alguacil que también iban a su encuentro. Brunilda, se abrazo al párroco y dio gracias a Dios por encontrarlo. Le contó, que su marido, debido al golpe del subnormal, había perdido la cabeza y deliraba. Que no sabia que hacer. El párroco, la tranquilizo y le dijo, que ya había pasado todo, que no debía preocuparse. Al mismo tiempo, Brunilda, noto una ligera presión en su vientre, que supuso, seria debida a alguno de los nudos que los franciscanos llevan en el cordón que sujeta su hábito.
Esa misma noche, personal sanitario acompañados de fuerzas de seguridad, entraron en casa del párroco y se llevaron al enano atado con camisa de fuerza. No habría hecho falta, pues este, no opuso resistencia.
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1 comentario:
Hola. Espero que esta historia del enano usurero continue. Al menos, con alguno de los personajes sobrevivientes al primer capítulo. Enhorabuena por este cuento didáctico. Moraleja, ni te fies del enano, ni de la pendeja. Haz como el alguacil honrado, que se queda con los bienes del enano, mientras se cepilla a la pendeja el tonto del pueblo mas descerebrado. Chao.
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