Enhorabuena por volver de nuevo a dar vida a este blog. Estaba tan abandonado que me ha costado hasta encontrarlo. Pero mil rayos me partan si en acabando esta borrasca no lleno de mero una aleta para poder mojar a borriquete la oreja. Ahora tengo ventajilla, ya que puede haber marejada o marejadilla los fines de semana, que no me impediran pescar el mero de mi vida cualquier día de la semana. Je,je. si rima sucederá. Un saludo.
"El borriquete" Puse en el borriquete de madera la silla, el bocado y el ronzal del pobre Platero, y lo llevé todo al granero grande, al rincón en donde están las cunas olvidadas de los niños. El granero es ancho, silencioso, soleado. Desde él se ve todo el campo moguereño: el Molino de viento, rojo, a la izquierda; enfrente, embozado en pinos, Montemayor, con su ermita blanca; tras de la iglesia, el recóndito huerto de la Piña; en el Poniente, el mar, alto y brillante en las mareas del estío. Por las vacaciones, los niños se van a jugar al granero. Hacen coches, con interminables tiros de sillas caídas; hacen teatros, con periódicos pintados de almagra; iglesias, colegios... A veces se suben en el borriquete sin alma, y con un jaleo inquieto y raudo de pies y manos, trotan por el prado de sus sueños: —¡Arre, Platero! ¡Arre, Platero!
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Enhorabuena por volver de nuevo a dar vida a este blog. Estaba tan abandonado que me ha costado hasta encontrarlo. Pero mil rayos me partan si en acabando esta borrasca no lleno de mero una aleta para poder mojar a borriquete la oreja. Ahora tengo ventajilla, ya que puede haber marejada o marejadilla los fines de semana, que no me impediran pescar el mero de mi vida cualquier día de la semana. Je,je. si rima sucederá. Un saludo.
"El borriquete"
Puse en el borriquete de madera la silla, el bocado y el ronzal del pobre Platero, y lo llevé todo al granero grande, al rincón en donde están las cunas olvidadas de los niños. El granero es ancho, silencioso, soleado. Desde él se ve todo el campo moguereño: el Molino de viento, rojo, a la izquierda; enfrente, embozado en pinos, Montemayor, con su ermita blanca; tras de la iglesia, el recóndito huerto de la Piña; en el Poniente, el mar, alto y brillante en las mareas del estío.
Por las vacaciones, los niños se van a jugar al granero. Hacen coches, con interminables tiros de sillas caídas; hacen teatros, con periódicos pintados de almagra; iglesias, colegios...
A veces se suben en el borriquete sin alma, y con un jaleo inquieto y raudo de pies y manos, trotan por el prado de sus sueños:
—¡Arre, Platero! ¡Arre, Platero!
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